lunes, 6 de abril de 2026

Hace 365 días

¡Puta madre, Adri!

Así habíamos quedado: esa sería nuestra forma de decirnos “te recuerdo”. Torpe, burda, poco afectuosa. Pero nosotros sabíamos lo que escondía. Era nuestra contraseña, una especie de complicidad rara que nos acercó y con la que aprendimos, de alguna forma, a habitarnos.

Ahora miro mi bandeja de entrada y no hay nada.
Ni saludos, ni corazones, ni “buenos días”, ni tus chistes malos.
No hay fotos, ni mensajes que prueben que alguna vez estuviste aquí.

Como dicen las canciones y los libros —aunque uno jure que nunca va a decir esas cosas—, lo que queda es un hueco. Un espacio frío, vacío. Una tristeza que se parece más a la añoranza que al enojo

Quedan los recuerdos: un abrazo, tu risa.
Y ese pensamiento obstinado que vuelve una y otra vez: lo teníamos todo.
Después me corrijo: yo lo tenía todo.
Porque, al final, nunca sabré qué era lo que tú esperabas.

A veces quisiera enojarme de verdad. Odiarte un poco, lo suficiente como para borrar la memoria de lo bien que nos entendíamos. De cómo me abrazabas. De cómo era despertar contigo. 

¡Puta madre, Adri!

Y me pregunto —aunque sé que no tiene respuesta— si para ti fue tan real como lo fue para mí.

Hasta hace poco no había entendido cuánto cuidaba yo lo nuestro. Cuánto lo pensaba, cuánto lo imaginaba creciendo hacia algo más, aunque mi cabeza se empeñara en decirme que no debía hacerlo.
Mi mente decía prudencia.
Pero el corazón, el apego, las heridas viejas… quién sabe.
Tal vez en el fondo sí nos imaginaba juntos.

¡Puta madre, Adri!

Un hogar cualquiera. Un desayuno improvisado. Planes a futuro. Problemas que resolveríamos,  porque éramos un equipo.

Y ahora me encuentro hablando con gente sobre relaciones, tratando de entender lo que pasó, llegando siempre al mismo punto: tú. Y pensando que, dentro de todo lo que salió mal, también había mucho que estaba bien. Y esa es la espina que lastima...

¡Puta madre, Adri!

A veces la vida suena como una canción de "Cigarettes After Sex": lenta, gris, suspendida en una nostalgia que no sabe exactamente qué perdió. Un "00:00", una "piel canela"...  canciones que ya no volverán a sonar igual. A veces son más intensas de lo que quisiera y otras más lejanas de lo que esperaba.

También he descubierto algo extraño: la sensación de ser un “pollo sin cabeza”. Caminar por la vida en automático. Cumplir con lo que toca. Decirme que debo mejorar, reencontrarme, seguir adelante… y aun así sentir que algo adentro se quebró en silencio.

Si tuviera que describirlo con una imagen, diría que dentro de mí hay ramas secas, marchitas, cruzándose entre sí, rozando la piel por dentro y ardiendo. Y en medio, un hueco. Un pequeño vacío donde antes había algo vivo. Y en mi mente un nudo, rodeado de nada y de todo.

Entonces empiezo a repartir culpas.

A la sociedad, por vendernos una idea imposible del amor.
A las expectativas.
A mi propio cerebro, que insiste en buscar dopamina y serotonina donde ya no están.
Y también a mí, por no haberme detenido cuando debía. Por hablarte. Por buscarte. Por quedarme, aun sabiendo que tal vez terminaría con el corazón roto.

¡Puta madre, Adri!




No hay comentarios:

Publicar un comentario